lunes, 1 de noviembre de 2010

Policiales:
Las letras se sucedían unas tras otras en el monitor. El martilleo casi mecánico de los dedos iba barruntando argumentos, lenguaje, amagues de razones, silencios... unos tras otros. Sobre el escritorio morían sin prisa las espectativas de ajusticiados inermes ante los pontificios vericuetos de la magistratura -nunca satisfecha, por cierto-.
Sin embargo en algún rincón de la conciencia los nervios crispados esperaban la lacerante bocina de ese celular. Ese maldito celular que explotaba sólo una vez cada mañana, siempre a la misma hora.
Días grises se sucedían uno tras otro, iguales. Imperfectamente iguales. Pero hoy la mandíbula contraída, la nuca tensa, la distancia de los ecos lejanos de la oficina anunciaban una diferencia. La diferencia.
No dejaba de esperar ese timbrazo. Mientras, se sucedían unas tras otras las letras en la pantalla, como hormigas, las carátulas amarillas, más o menos arrugadas, gastadas, vapuleadas. Tazas de café con edulcorante, unos mates. Con el absoluto convencimiento de que el error era suyo. Enteramente suyo. Admitía ante el espejo que jamás debió jugar ese juego para el que no estaba preparado. Para el que no tenía salvavidas ni cinturón de seguridad. Se esforzaba en volver a ser el implacable censor de la jurisprudencia local, de toga y peluca empolvada. El orfebre escriba de retorcidos tecnicismos de la jurisdicción. Trataba de exprimir el máximo rendimiento de los intervalos lúcidos. Pero hoy eran cada vez más escasos. Esta semana, estos últimos días, no podía evitar la fuga. Y con la fuga, el alucinante devenir de la memoria. Una y otra vez volvía a la noche en que perdió el juego. A esa fiesta. Al automóvil fantasmal, atravezando cuadras oscuras, bocacalles y semáforos intermitentes. Los ojos macilentos de los perros de la chusma lo vieron pasar como una maldición. Desbordado por el deseo. Y todo ese ritmo demencial. La secuencia casi cinematográfica de piel sobre piel. La ropa por el suelo. Ella y su concierto de ritos mágicos. Los mismos que ahora prodiga a Otro cuerpo. A la víctima fresca que está del otro lado del timbrazo. Del único timbrazo. Todos los días, en plena mañana, a la misma hora.
Cuando la cordura empezaba a volver era como el despertar en la madrugada por el ruido de la fiesta del vecino. Entre sopores amargos la voz, también amarga, retumbaba la misma acusación intransigente. El error fue mío. Debía ser sexo. Sólo sexo. Con una compañera de trabajo. Esos eran los términos del juego. El amor no estaba invitado al banquete. Sólo el vértigo, el sudor y las posiciones obscenas. Sólo la trampa.
Mientras por la ventana se colaba el invierno gris, pleno de brumas, pero sin frío. La computadora seguía en el rincón, frente al armario, entre conversaciones pueriles. Hasta que sonaba el celular. Y ella respondía igual, siempre igual, saliendo de la oficina con la cara encendida, la mirada desafiante y el gesto ese que él conocía tan bien. Hay mujeres capaces de llevar a un hombre hasta más allá de los límites de la dignidad. Hay mujeres que todo lo pueden, menos morir de amor.
Esta mañana era distinto. Desde que él la había seguido y había tenido la sensación de que ella lo sabía, pero desifrutaba la persecución. Como a todo, la gozaba. Descaradamente.
Las cosas habían cambiado. El mundo había dejado de girar. Ella lo sabía. Irónicamente, otra vez, lo había llevado de la nariz. Hay mujeres que lo pueden todo menos morir de amor. Pero, Dios, sí que se dan maña para pedirlo.
No más verlos en esa playa de estacionamiento, en el auto, desabotonándose la ropa casi a mordiscones. Enredándose. En la trampa. En plena hora de oficina. Con el tiempo justo para la maratónica sucesión de deleites. Esos que él conocía. Sobre todo, desgarrándose en caricias ante los ojos vencidos y opacos de él. Ese testigo privilegiado. Ella nunca sabría cuánto amor. Por eso esta mañana era distinto. Cuando la señal marcó la largada él llevó insintivamente la mano al bolsillo interno del saco. La fría caricia del empavonado del arma le confirmó que ahí estaba. Acarició el revolver como un sueño de muerte. Supo. Vió lo que vendría y supo lo que le esperaba.
Dejó pasar como al descuido unos minutos. Cosa inusual, había pedido un cigarrillo, que terminó vaporosamente. Con paso casi indiferente tomó el mismo camino. El que señalaba el perfume de esa hembra que lo había esclavizado. Que aún flotaba en los pasillos gastados como un rastro. Llegó a la tiniebla de la cochera. A ese subsuelo casi vacío. Divisó el auto que ya se balanceaba con descaro. Alcanzó a ver, o imaginó, los girones trémulos de la bedettina abandonada como una mancha del espejo retrovisor. Avanzó hacia la puerta. Escuchó el enceguecido galope de su sangre, tomó aire y les descerrajó todos los disparos del cargador.
Al otro día el periódico local se hizo un festín con los restos del banquete.
3-7-03