viernes, 2 de julio de 2010

Amor verdadero

Sabía tener un gato negro. Alardeaba de aventurero y apenas caía la tarde, emprendía de parranda por tejados y tapias vecinas. Como casi todos los gatos, por otra parte. Pero si hay algo que el tipo sabía, a fuerza de verificarlo cada vez, es que en todo momento, invariablemente, una puerta o una ventana se le abrían en dirección a su almohada mullida y a la tibieza de la estufa. A medida que pasaron las batallas, a medida que las batallas fueron sumando cicatrices, se le fue dando menos por las medianeras y más prefería pasar el tiempo al abrigo de la estufa, ronroneando placenteramente. Así las cosas, me convencí de que los gatos pueden amar incondicionalmente, y no reconocer más que en una sola persona a su amo, a su amigo, a su dueño.