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viernes, 11 de abril de 2008




disculpen garbos, pero la greta toda entraba en un ojo de audrey...(marcelo dixit)

viernes, 12 de octubre de 2007

primer amor

Cuando uno tiene 10 años y juega al fútbol no hay barrio que pueda, ni por asomo hacerle sentir el desarraigo. Claro, menos Barrio Muller. Yo tampoco venía de Notting Hill, pero tengo que reconocer que el cambio de superficie no colaboró con mi carrera deportiva.
Ya no era yo, jefe del asfalto, estrella del pavimento de General Paz. Porque éso era... Beckham.
Pasé de la gloria, la fama, las mujeres, a ser un enano medio antipático y encima, con tierra hasta en el orto.

El Beto era el jefe de la cuadra, se había ganado el escalafón con un par de peleas de cabotaje y una visita a las Ponce que nadie nunca confirmó y de la que yo siempre desconfié.
Mi sumisión a su mando no era hija de esos detalles que al parecer resultaban un buen currículum en barrio Muller. El Beto se ganó mi admiración cuando lo vi jugar a la pelota. No fue su don de juego, habilidoso, irascible, encarador. Tampoco fue su color, sospechósamente oscuro y mucho menos su coraje para tirarse al río a rescatar la pelota. Lo que me sacaba, lo que me llenaba, era que el hijo de puta, jugaba descalzo. En las siestas de Enero... tun tun tun los talones y plash contra los rivales championes. Tenía en la cadencia de sus movimientos algo que después vería en tipos como Michael Jordan e incluso en alguna concursante de Patinando por un sueño. Poco le hubiera costado bautizarlo a alguno de nuestros relatores poetas: “brishosa Gacela” hubiese dicho Miembro, “zigzagueante cristal de ónice” sin dudas, Mariano Closs.

Supongo que él creía que eso de jugar casi desnudo y parado sobre sus callos le daba cierta autoridad sobre nosotros, ja!

Me tomó un buen tiempo, pero a los meses de mudarnos me había ganado un lugar en el equipo y algunos hasta se habían olvidado de mi pasado de glamour y lentejuelas.
Si bien nunca pude jugar descalzo a la pelota logré una adaptación más o menos digna a la tierra. Disfrutaba de jugar y de verlo jugar al Beto, me tiraba una pared y se la devolvía redondita, después relojeaba a mis compañeros como diciéndoles “vieron giles, así hay que devolvérsela al Beto”
En Muller había más tierra que en General Paz, y en Renacimiento había más tierra que en Muller. Recuerdo que la Betty me dijo una vez que no fuera para aquellos lados, me lo dijo así: No te vayás para aquellos lados. Ahora supongo que ella pensaba que en Muller ya había más tierra de la que yo podía pisar. Pero el partido ya estaba armado, la barra del Gavilán nos esperaba a las 2 de la tarde en la “cancha grande”, había que jugar antes que los grandes empezaran a venir. No se habló de otra cosa durante toda la semana. Yo al Gavilán no lo conocía, bah, lo conocía de cuentos, decían que se la chapaba a la Ivana, hablaban de un episodio confuso con un taxista, y de que cada tanto se iba de vacaciones como 6 meses a la casa de una tía de Buenos Aires.
Salvo por el hecho de que se la chapaba a la Ivana, a mi el tipo ni me iba ni me venía. Aparte nosotros lo teníamos al Beto que encima jugaba descalzo.
Ese sábado yo estaba para cocinarlo al Gavilán con papas y arroz, ese sábado cuando me levanté medía como medio metro más, si cuando me mandaron a la panadería hasta la saludé a la Mariela y la Mariela me saludó y además me sonrió.
Al lado de la cancha grande, a las 13:50hs de ese sábado, mientras el Beto se ponía las zapatillas pensé que, a lo mejor, a la Mariela le tendría que haber chantado un beso.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Acuarela imaginaria de una mujer sin sombrero -pero con unas uñas...
Cae la tarde, vencida. Comienza la noche. En la madriguera el ritual de la cacería empieza de nuevo. Milenario, interminable. Siempre igual, pero distinto. La mujer pantera escoge el disfraz. El espejo devuelve imágenes variables. "La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre, es la única..." dijo Borges. Maquillaje de sombras. Reducir al mínimo el filo de la mirada, los gestos de la fiera salvaje. Así va escogiendo las armas, hasta quedar cubierta con el velo del enigma. -la víctima, antes de caer en estertores agónicos, se regocijará ingenuo, descifrando los artificios, los ardides, el engaño.
El pulso late sereno, felino. Calcula llegar a la fiesta con algún retraso. Las sonrisas de estilo, los saludos de rigor. Ritmo cadencioso que envuelve. La hipnosis rítmica suficiente para ocultar el merodeo bajo una lluvia de luces psicodélicas y música caliente que caldea las feromonas.
Es preciso escoger el ejemplar adecuado. El rebaño, zonzo, no sospecha. Entrada con nueces y cerezas, pollo relleno y helado con obleas. Un poquito de alcohol para encender las mejillas. La selección es lenta. Delicada. Generalmente las que yerran, inexpertas, lo hacen en esta parte. Se precipitan, se muestran antes de tiempo. No hay que sacar del fuego la comida si no está lista. Tampoco, que se pase. Ella lo sabe. Lo siente. Su instinto no falla. Su paciencia, tampoco. Así que parece distraída, inmersa en los juegos futiles de los roces sociales. Que la cena, los brindis, el champagne. -Mirá como baila ese, qué lindo vestido...
Nadie sospecha la tensión del rastreo, ni los sentidos alertas. Tampoco las señales que mandan sus caderas danzantes, el torso generoso, los hombros abiertos, oferentes, la piel tersa, el bronceado perfecto.
Transcurre el jolgorio, dejando atrás la cena y el sorteo. El tiempo no pregunta. Sólo corre, incansable. Pero eso no la preocupa. Sabe bien que el momento llega cuando es adecuado.
Por fin lo detecta. De no ser por el breve cimbrar de sus mandíbulas y la imperceptible erección de los cabellos de la nuca, nada parece alterar su efigie. Sin embargo el interior bulle. La adrenalina tensa los músculos...Todavía no. Percibe el ambiente que lo rodea. Es un hermoso ejemplar: complexión firme, estatura apenas mediana. Todos los accesorios. Las curvas suficientes para una relación de fuerzas favorable. Lo rondan algunas cachorras, pero eso no es problema, adivina, por la mueca cómplice que el le dirige desde la distancia. Los colmillos se expanden con la excitación. Infima, brilla en la comisura de sus labios un hilillo de baba. Se dispone a atacar.
Un rodeo distraído, para reconocer el terreno. Descubrir los mejores puntos de aproximación, los ángulos más favorables. Entre tanto, la recua, alrededor, barrunta indiferente. El baile acelera los cronómetros. Las burbujas del espumante oxigenan un poco de más el sistema nervioso, como un turbo intercooler. Se aflojan los frenos inhibitorios, encrespando el deseo.
Todo ocurre de repente. Muy rápido. Es un salto implacable. Ya la víctima yace en sus brazos, acollarada. La toma literalmente -la bebe- por el cuello. La presión de las garras es bastante para impedir cualquier peligro de fuga. La trampa, hechada, funciona, sin demora, pero sin prisa. El resultado está asegurado. El veneno lujurioso, ya fue inoculado.
....Afuera, después, la brisa fresca del aire acondicionado del auto. La noche estrellada festeja el zarpazo.
27/11/98.

sábado, 15 de septiembre de 2007

viernes, 27 de julio de 2007

un lugarcito

Puedo decir de mi casa que está en un barrio bien abierto pero apretado, puedo decir que está a una hora desde que termine de escribir esto.
Si me preguntan, puedo decir que está bastante bien mi casa.
A mi casa le cabe una cocinita chiquita chiquita, una salita donde está una mesa de madera decorada con fernet y un sillón que me compré para ver el mundial.
En el patio hice un asador para que mi señora me respete, y debo decir que quizás exageré en sus dimensiones, pero es así, el asador de uno termina donde empieza el asador del otro.
Si subo por la escalera de madera, llego a mi pieza, un espacio un poco impersonal, para ser sincero.
El baño, austero y limpito, estaría bueno si uno se pudiera bañar sin caer en hipotermia, está bien, no es culpa del baño, pero cuando pasamos por la cocina ignoré intencionalmente al puto termotanque, no le quería dar entidad.
Si doblamos a la derecha entramos a la salita, una gruta de 2,5 x 3 metros que bien mirado como lo miro yo se parece al Tah Mahal. Hay en la salita un tablero de madera, pálido, cercano y querido. Lo compré en barrio General Paz, un día que fui arquitecto, a un carpintero amigo de mi viejo. También tiene manchas de fernet (como las de la mesa) que van escribiendo la letra de un tango un día, de una de Canario Luna el otro. Y me besan los codos, y me preguntan si me acuerdo.
Me separé del tablero cuando me fui de la casa de mis viejos, no quería incomodarlo en lugares poco propicios... sin duendes ni espacio, así que cuando vi por primera vez la sala, me dije que ésta era la casa.
Tuve que firmar el contrato de alquiler, llenar formas y casarme para llevar el tablero. Le puse una lámpara al norte, al este unos cuadritos con fotos de mis amigos, chica con vestido de comunión y una radio chiquita. Le dije que si quería podía abrir las ventanas para que el sol entrara. Creo que no le cayó en gracia que pusiéramos la tabla de planchar a un costado, pero entendió que todo era parte de la negociación. Está en un buen momento el tablero, es como esos delanteros a los cuales la edad les sienta de tal forma que pueden tirarse unos metros atrás y repartir el juego con autoridad, sin pedirle tanto al músculo. Formamos definitivamente un buen equipo, el tablero y yo.
Cuando vi las dos rayitas lo supe. La flaca me abrazaba, lloraba, reía. Yo estaba contento, realmente contento, no en todas mis vidas tuve una hija, pero no la pude acompañar en la efusividad. Me avergoncé un poco.
La panza va creciendo y cada vez ocupa más lugar en la salita, el tablero presiente, sabe, calla, va doblando las patas y me mira de reojo, sin gestos, él tampoco es muy efusivo.
Mañana llega la cuna. Ojalá a mi Emma le guste dibujar.